QUÉ HERMOSO CALOR SIENTO DEBAJO DE ESTE HARAPO
Rosa Díaz
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Qué hermoso calor siento debajo de este harapo. De este poncho que me lleva al infierno o a la patria del frío. Me pongo el chal y un Boeing me enseña aquel celeste de la leche glaciaria. Los blancos terraplenes que se hicieron con las contradicciones atmosféricas. Con las congelaciones y el vacío del aire. Con la neviza y sus arterias habitadas de sangre azul. Me pongo el chal y acude una cerveza y un bar y un arbusto con bayas. La tarta, el aguardiente y hasta el quebrachillo para teñir la lana. Me pongo el chal con una habitación de hotel. Con ese hotel con vistas a otras vidas. Al enredo que las flores proyectan cuando quieren mirar por las ventanas. Me pongo el chal y saco conclusiones de que toda respuesta está en el viento. Y es él el que se para en los bosques de lengas con cuarenta rugientes y cuarenta ululantes y se une al sonido y a la voz de Bod Dylan. El chal es una manta de insectos. Un camino de irás sin regresar. Calienta con estado de atropina que avanza por el sueño a los escalafones menores de la muerte. Lana, es lana y su tibieza es una manada de borregos y un esquiladero. La pericia de oficio de un goteo salarial. Son muchos los balidos que topan en mis hombros y muchísimas manos las que hicieron esta labor. Preciosa labor hecha al olor montuno de la cocina menestral o en la esquina con sol y abuelas arrugadas, y nietas en racimo haciendo punto bobo. Así, si pongo en este hombro el rosetón turquesa, si en el otro el granate y sobre el brazo me deslizo los tonos de las tierras, salta el amarillo voceo de los hombres del cuero con los domingos de muchachas felices que se peinan las unas a las otras y lucen lindas. Este chal que me abriga y me cubre los hombros qué extraña sensación tiene como de niebla, como de lluvia, como de todo el pellejo y el latido de las manos usadas.
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